Teólogo en la ventana
Este cerrado dolor de cabeza
causado por la presión del mundo visible
reclama un significado.
Pero la visión de la calle desde mi ventana
solo ofrece alternativas de una apariencia dislocada
hecha de fragmentos trémulos, colores dudosos
y un sufrimiento de cosa oscuramente mezclada consigo misma
¿Qué materia desean los ojos y que no pueden ver?
No esta especie de traición a lo largo del pavimento,
la naturaleza criminal que revelan los automóviles,
el taciturno rumor de los objetos manufacturados,
la vacilante verdad de la muchedumbre hacia el ocaso,
los asuntos de esta terrible sociedad que se aplasta al planeta.
¿Cuál es la relación de esta escena con el otro orden?
La divinidad está aquí por delegación sombría.
Hay un millón de ventanas y cada una padece
su teólogo fracasado ante la única realidad posible
con su correspondiente dolor de cabeza al anochecer.
Cuando el mundo es puesto en duda
Entre verso y verso se instala una pausa
donde el mundo es puesto en duda: entonces
pongo mi amarga cabeza a circular por el jardín.
Busco un rumor terrenal
a un costado de la escritura consciente.
Palpo un hígado maduro, una dalia inclinada
por el peso del agua
hacia este oscuro planeta. No residen aquí,
en estos suaves acuerdos, las negaciones
de la existencia, su sonido negro. Al pie del muro
un susurro de violetas, la humedad feliz
de la vida individual. Del otro lado
los días de la muchedumbre que alza los puños
poseída por un conocimiento decisivo. Estas cosas
han optado por sí mismas. Toman la tierra
por asalto, la fecundan con un sentido
que me estoy debiendo. Ahora suena un disparo:
¿debo elegir? ¿Mentir en la oscuridad de mi habitación?
¿Cómo ser exacto? La época apresura su pánico
dentro de mi cabeza, allí
donde un aullido oscila oscuramente
de un extremo a otro de lo desconocido.
Aleluya del arroyo
Felicidad del arroyo que desciende entre las piedras
cuando mi pie desnudo sumerjo en su lenguaje.
Un proceso de la mente que no puedo desdeñar
mientras en la ciudad, bajo este fragmento de verano
reina una inquietud desconocida.
Mi profunda culpabilidad humana
inficiona el agua. Debo comprender
de una vez por todas y aquí
parece el sitio adecuado, el estimulante
arroyo con árboles y la gracia
de la creación en la mañana. Recuerdo,
años que ya no cuento, apostando
a la justicia de un alimento verdadero para todos,
confiando en la historia y en la salida del sol
o en el peor de los casos el encuentro
de un balazo en la noche o la personal
angina de pecho después de los cincuenta.
De confusión en confusión, discusiones
en los edificios, a menudo
un temblor emocional en el cerebro
cuando la realidad estallaba
con signos propios, no previstos,
el entusiasmo y el lamento
y finalmente la fatiga y tanto
amor y tabaco y gritos para encontrar
que el hombre es una bomba para el hombre.
Pero también recuerdo: estaban
las mortales relaciones de producción, presentes
entre mi carne y el planeta, engendrando
contradicciones que impedían amar, pudriendo
los ojos, las manos y sus obras, multiplicando
revólveres y el dolor del laúd y la manzana.
Pero hubo después un giro
del pensamiento. Cuando creí saber
que soy origen y resultado, que sólo por mi causa
el vínculo entre las cosas se volvió terrible,
que con mi sola cara de infeliz fulano
lo hice estallar todo, incluso la fisiología
y que instalé la cólera
en los profundos minerales liberados.
Y más tarde, ayer apenas, la belleza. El asilo perfecto
de una libertad que a sí mismo se bastaba
para tener exclusivas y privadas razones
de vivir. Mi querido Chopin, por ejemplo,
eternamente indemne a sus sombrías hemorragias
-un púrpura estallido en el teclado-
O por ejemplo el suntuoso barbitúrico de Haendel.
Y finalmente aquí, la certeza y la aleluya
de este arroyo que desciende y no puede mentir
y que está inventando, para mi pie desnudo,
la manera más tangible y menos convencional
de no morir.