miércoles, 21 de agosto de 2013

El hombre invisible, Pablo Neruda

Yo me río,
me sonrío
de los viejos poetas,
yo adoro toda
la poesía escrita,
todo el rocío,
luna, diamante, gota
de plata sumergida,
que fue mi antiguo hermano,
agregando a la rosa, pero
me sonrío,
siempre dicen "yo",
a cada paso
les sucede algo,
es siempre "yo",
por las calles
sólo ellos andan
o la dulce que aman,
nadie más,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañiles,
nadie se cae
de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
sólo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas
y a su dulce querida,
nadie vive
sino él solo,
nadie llora de hambre
o de ira,
nadie sufre en sus versos
porque no puede
pagar el alquiler,
a nadie en poesía
echan a la calle
con camas y con sillas
y en las fábricas
tampoco pasa nada,
no pasa nada,
se hacen paraguas, copas,
armas, locomotoras,
se extraen minerales
rascando el infierno,
hay huelgas,
vienen soldados,
disparan,
disparan contra el pueblo,
es decir,
contra la poesía,
y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible,
no hay misteriosas sombras,
no hay tinieblas,
todo el mundo me habla,
me quieren contar cosas,
me hablan de sus parientes,
de sus miserias
y de sus alegrías,
todos pasan y todos
me dicen algo,
y cuántas cosas hacen!
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañas
de la tierra
y converten el hierro
en cerraduras,
suben al cielo y llevan,
cartas, sollozos, besos,
en cada puerta
hay alguien,
nace alguno,
o me espera la que amo,
y yo paso y las cosas
mi piden que las cante,
yo no tengo tiempo,
debo pensar en todo,
debo volver a la casa,
pasar al Partido,
qué puedo hacer,
todo me pide
que hable,
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno
de sueños y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos, se abre
y vuela y viene
una bandada
de pájaros
que quieren contarme algo
descansando en mis hombros,
la vida es una lucha
como un río que avanza
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
si mueren,
por qué mueren,
y yo paso y no tengo
tiempo para tantas vidas,
yo quiero
que todos vivan
en mi vida
y cante en mi canto,
yo no tengo importancia,
no tengo tiempo,
para mis asuntos,
de noche y de día
debo anotar lo que pasa,
y no olvidar a nadie.
Es verdad que de pronto
me fatigo
y miro las estrellas,
me tiendo en el pasto, pasa
un insecto color de violín,
pongo el brazo
sobre un pequeño seno
o bajo la cintura
de la dulce que amo,
y miro el terciopelo duro
de la noche que tiembla
con sus constelaciones congeladas,
entonces
siento subir a mi alma
la ola de los misterios,
la infancia,
el llanto en los rincones,
la adolescencia triste,
y mi sueño,
y duermo
como un manzano,
me quedo dormido
de inmediato
con las estrellas o sin las estrellas,
con mi amor o sin ella,
y cuando me levanto
se fue la noche,
la calle ha despertado antes que yo,
a su trabajo
van las muchachas pobres,
los pescadors vuelven
del océano,
los mineros
van con zapatos nuevos
entrando en la mina,
todo vive,
todos pasan,
andan apresurados,
y yo tengo apenas tiempo
para vestirme,
yo tengo que correr:
ninguno puede
pasar sin que yo sepa
adónde va, qué cosa
le ha sucedido.
No puedo sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tienen
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.
Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza. Dadme
Todas las alegrías,
aun las más secretas,
porque si así no fuera,
cómo van a saberse?
Yo tengo que cantarlas,
dadme las luchas
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible 
que canta con todos los hombres.



de Odas elementales

martes, 13 de agosto de 2013

Paco Urondo: La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.
Francisco “Paco” Urondo


sábado, 10 de agosto de 2013

SUICIDA EN AGOSTO


        Despertó, ya, en su "nada"...

  Pero que, "nada" la suya, que dejaba, ahora, de dar

el tallo del ser

y de subir, al mismo tiempo, por él, como por el vano de una caña?
   Más acá, él, pues,
de ese "aire" que, musicalmente, se resuelve sobre la cima del vacío
                      con el soplo que lo niega
desde la intimidad de un "demonio" y de un "ángel" a la vez?
  Y era, ya, sólo, fluido, él
   en el lugar de una angustia, por otro lado, de hielo,
                  al creer rehusarse
         a su mismísimo hálito?
Y no le pudo tocar, entonces, no, no pudo,
la mirada de las nueve, en un agua, ya, de florecillas de lino
          para  toda  melancolía...?
  Oh, si le hubiera sido dado,
          aún  sonambúlicamente,  y por  un  momento,   descender hasta las  hierbas…
Y las heridas del río,
tejiéndose, sobre sí mismas, una brisa de chispas,
                    a manera de hilas?
Y las palabras del pescador,
con más nácares, tal vez, que los que aligeraba con su lámina...
         y eso que aún emergía
                     del  escalofrío ?
Y esos pajarillos de no se sabe dónde, y sin rama, todavía
pero que quiebran su soledad
y cruzan, al hacerlo, la trama misma de un silencio
                 de alelíes que bajan?
Y el chico que llega, de arena, y en las tiras de la noche,
y debe subir el día
para beberse, acaso, solamente su coriza,
de vuelta de "los jardines"...
mas sonríe, aunque,  es cierto, igual que desde una
pajilla que pisan...
sonríe, con todo, él con todo, sí, sí,
a  las   vindicaciones   del   aire ?
Y las espaldas que no terminan de sobrellevar, por ahí,
la ciudad ésa,
que las despide, oportunamente, a sus orillas,
pero que no pueden menos de alzarse, ahora, hacia aquélla del fin
de las divisiones de vidrio:
aquélla del encuentro, y de la estrella de cada uno,
         mas en las  enredaderas que abrirían
                             todos,  todos... ?
…………………………………………………………………………………………..
  Pero  era el  suyo,  únicamente,   el país  del perder pie
                               en la  ilusión de  una  nieve
                               que sólo permanecería...
o el que ha perdido, si se quiere, el fundamento de esas líneas
que lo  equilibraban bajo  las  lluvias,
                    y debe entonces flotar, indefinidamente, flotar,
una maldición de Junio?
                              No es,  asimismo,  el país
del frío,
de un frío que no quiere saber, ya, del fastidio del azul,
                           y ha leído todo el iris... ?
O el país
al que se le ha secado, de la noche a la mañana, el amor, el amor
que le sangraba en el 'otro"...
o la fuente que, por otra parte, no cesaba de hilarle,
estelarmente
                                                   la vigilia que lo trascendía,
                                 y que le daba, aún,
                                   gracias,  precisamente,  a los desflecamientos  de las ráfagas,
                   ese sonido que cubre, al fin,
                          todo  el viento?



Juanele Ortiz

lunes, 5 de agosto de 2013

OYE, de Alfonsina Storni

Yo seré a tu lado, silencio, silencio,
 Perfume, perfume, no sabré pensar,
 No tendré palabras, no tendré deseos,
 Sólo sabré amar.

 Cuando el agua caiga monótona y triste
 Buscaré tu pecho para acurrucar
 Este peso enorme que llevo en el alma
 Y no sé explicar.

Te pediré entonces tu lástima, amado,
 Para que mis ojos se den a llorar
 Silenciosamente, como el agua cae
 Sobre la ciudad.

Y una noche triste, cuando no me quieras,
Secaré los ojos y me iré a bogar
Por los mares negros que tiene la muerte,
Para nunca más.

domingo, 4 de agosto de 2013

2 poemas de Néstor Perlongher

EL MAL DE SÍ 

Detente, muerte:
                           tu infernal chorreado
escampar hace las estanterías,
la purulenta salvia los baldíos
de cremoso torpor tiñe y derrite
ausentando los cuerpos en los campos:
los cuerpos carcomidos en los campos barridos por la lepra.

Ya no se puede disertar.

Ve, muerte, a ti.
Enconchate sin disparar el estallido de la cápsula.
Escondida que no seas descubierta.
Pues una vez presente todo lo vuelves ausencia.
Ausencia gris, ausencia chata, ausencia dolorosa del que falta.

No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele.
Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas
o que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera.
Mientras estamos dentro de nosotros duele el alma,
duele ese estarse sin palabras suspendido en la higuera
como un noctámbulo extraviado.

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CANCIÓN DE LA MUERTE EN BICICLETA
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Erguidas coníferas plañen como ombúes
o sauces la maraña madrugada, resmas
de leche chorrean a mares por la escrófula
en el antecedente del derrame.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Lápices que se alzaban nunca más se levantan,
duermen el sueño de la tristeza en sábanas de tergopol
o mausoleos de mármol donde toda virtud es yacer
aterciopelado en el anclaje definitivo de los huesos
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Siendo que ella avanza en toda fosa
siento que ella avanza en toda la estación de la fosa.
Toso y es un esputo que se incrusta en la láctea
maduración de las panaderías en las alforzas del velorio.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Aparece la parca con sus velos plateados,
me invita, será que llego a sonreírle?
Me invita con un mate y el mate se me cae de la cabeza.
Me ceba, será que cojo sus incrustaciones?
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Como ornamentos o condecoraciones
las manchas, los zarpullidos del sarcoma
mueven en la soberana oscuridad
manoplas cual tentáculos de espanto.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Jala, jadea el irregular espasmo.
Hunde la joda en el remedio vano.
Despelleja la joya la soberbia paliza
de los años en anos de florecido jaspe.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Camina esta letanía de arrabal
Lejos de todo se toma el ómnibus de extramuros
del que no baja, porque no para o para pronto,
en realidad no se ha movido de la parada.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
Partida, dividida por la mitad, agobiado
por la ajorca inexorable y por la mutación en paramecios
de la joroba, de la carga
de dátiles perecederos en el desierto de ceniza.
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
* * *
Me esquivo, me rajo, parecer simple sin logarlo.
Sin pliegues, una vez, en los absoluto
de la atascada chimenea, el lamé atragantado
en la artrosis del alma, esa consternación.
Oscura, como la tumba de un amigo.
Volcán cerrado, lava la lava sus lastimaduras.
No hay que creer en el descanso, son puras habladurías
de fantasmas perezosos en el recame de la hamaca
Ahora, ahora, en este instante digo.
En lo inconstante, en lo inconsciente, en lo fugaz me disemino.
Disperso y fugo. En lo fangial del fango.
Imágenes ateridas bajo la lluvia de película.
Palermas, pelmazos en el ascensor hacia el reloj.
Grave como una piedra, cierta hiedra traviesa
juguetes en la tierra mojada del pulmón
urdimbre gusanesca en lo borroso del retrato.
Nos alejamos (gracias) al olvido.
Júbilo de las calas, unión juvenil de las violetas.
Leve la marcha hacia la extinción, la marca
del humo en las cornetas pálidas.
Y las patillas, pura pelusa.
Un algodón rocía las narinas de amianto.
Uno reza, no yo, sin ser no créese.
Descréese del ser en la fatal crecida.
Abajo los pitos, huevos chirles.
Demasiado agujereado el antebrazo.
Del dolor sus efluvios terminales.
Una reseca perfección, aunque apenas marmórea.
Jíbaros, rogad por nuestras hendiduras.
Las infructuosas anfractuosidades.
Rapaces, la fiesta de las mucosas
vuelve carnoso el lodo de las zanjas.
Podríamos tocarlos, pero esa vecindad nos paraliza.
Inane la yertez, rigor el rijo.
Ricos, variados olores de flor y perdición.
Desvarío en jardines invisibles de brea.
* * *
Ahora que me estoy muriendo
Ahora que me estoy muriendo
La sofocación alza del cielorraso relámpagos enanos
que se dispersan en la noche definitiva e impasible.
(De Chorreo de las iluminaciones, 1992)

sábado, 3 de agosto de 2013

La noche soy y hemos perdido,

La noche soy y hemos perdido.
Así hablo yo, cobardes.
La noche ha caído y ya se ha pensado en todo

Septiembre de 1972

Alejandra Pizarnik, TEXTOS DE SOMBRA.